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"Tu intestino no es Las Vegas"

  • Foto del escritor: carla piastri
    carla piastri
  • 2 feb
  • 4 Min. de lectura

Empiezo con esta frase del Dr Alessio Fasano, en donde resume de manera muy elocuente que lo que pasa en tu intestino, no queda en tu intestino.


“Your gut is not like Vegas. What happens in the gut doesn’t stay in the gut.”

Dr. Alessio Fasano, investigador líder en salud intestinal y enfermedad celíaca.


Luego de la piel, el intestino es el órgano más extenso del cuerpo humano. Mide entre 7 y 9 metros de longitud y, al encontrarse plegado dentro de la cavidad abdominal, ofrece una superficie aproximada de 40 m² de contacto con el mundo exterior. Esta enorme superficie está formada por una sola capa de células epiteliales unidas entre sí por uniones estrechas, recubiertas por una capa de moco y, sobre ella, por una comunidad diversa y activa de microorganismos: la microbiota intestinal.

Estas tres estructuras —microbiota, capa de moco y tejido epitelial— constituyen las principales líneas de defensa del intestino. No actúan de manera aislada: se comunican de forma constante, se regulan mutuamente y funcionan como un sistema integrado que decide qué puede atravesar la barrera intestinal y qué debe permanecer fuera.

Comprender cómo funcionan estas defensas y por qué su equilibrio es clave, permite entender una idea central: la salud intestinal no es un asunto local. Cuando esta barrera se altera, las consecuencias pueden extenderse al sistema inmune, metabólico, hormonal y neurológico. Porque en el intestino, definitivamente, lo que pasa adentro no queda allí.


Primera línea de defensa: microbiota intestinal 

Sobre la luz intestinal se encuentra la microbiota intestinal, un ecosistema complejo formado por bacterias, hongos, levaduras, virus y otros microorganismos, que conviven de manera simbiótica con el huésped en un estado de equilibrio denominado eubiosis.

Este conjunto de microorganismos participa en los primeros pasos de la digestión, modificando la estructura de los alimentos, fermentando componentes no digeribles y generando metabolitos bioactivos que influyen de manera directa en el metabolismo, la inmunidad y el desarrollo neurológico.

Entre estos metabolitos se encuentran los ácidos grasos de cadena corta (AGCC), como el butirato y el acetato, que pueden ser utilizados como fuente de energía por el huésped y cumplen un rol clave en el mantenimiento de la integridad intestinal. Asimismo, la microbiota participa en la producción y modulación de neurotransmisores como la dopamina y el GABA, reforzando el eje intestino–cerebro.

Además, la microbiota interviene en el metabolismo de los ácidos biliares, estimula la expresión del receptor de vitamina D (VDR), inhibe vías inflamatorias y actúa directamente sobre las células enteroendocrinas del intestino, promoviendo la liberación de hormonas como serotonina, grelina, GLP-1, péptido YY y secretina. Esta última cumple un rol fundamental en la síntesis de mucinas, componentes estructurales del moco intestinal.

Por último, la microbiota influye en la modulación de hormonas esteroideas como estrógenos y testosterona a través del denominado estroboloma, reforzando su impacto sistémico más allá del tracto digestivo.


Segunda línea de defensa: capa de moco intestinal (rica en mucinas, especialmente MUC2)

La capa de moco intestinal constituye la segunda línea de defensa de la barrera intestinal. Se trata de una estructura protectora rica en mucinas, siendo MUC2 la principal en el intestino.

Su función principal es actuar como barrera física y bioquímica frente a patógenos, toxinas y alérgenos, evitando su contacto directo con el epitelio intestinal. Además, el moco contiene componentes del sistema inmune, como anticuerpos (principalmente IgA) y enzimas antimicrobianas, que permiten reconocer y neutralizar agentes potencialmente dañinos.

De esta manera, la capa de moco no solo separa físicamente a la microbiota del epitelio, sino que cumple un rol activo en la defensa inmunológica y en el mantenimiento de la homeostasis intestinal.



Tercera línea de defensa: tejido epitelial intestinal

La tercera línea de defensa está constituida por el tejido epitelial intestinal, formado por células epiteliales encargadas de la absorción de nutrientes y agua, así como de la secreción de moco. Estas células se encuentran unidas entre sí mediante uniones estrechas (tight junctions).

Las uniones estrechas están formadas por complejos proteicos y cumplen un rol fundamental en el mantenimiento de la barrera intestinal, ya que regulan el pasaje selectivo de sustancias y evitan el ingreso de toxinas, patógenos y antígenos hacia la circulación sanguínea.

Además, dentro del epitelio intestinal existen células especializadas capaces de sintetizar hormonas que regulan procesos clave como la motilidad intestinal, el apetito y la saciedad, así como mediadores con funciones inmunológicas y neurológicas, reforzando la comunicación entre intestino, sistema inmune y sistema nervioso.


La interacción entre estas tres defensas es fundamental para mantener la homeostasis intestinal, coordinar respuestas inmunes y prevenir inflamación o daño tisular. 

Cuando alguno de estos elementos falla —por ejemplo, un moco insuficiente, microbiota desequilibrada o epitelio permeable— se compromete la integridad de la barrera y aumenta el riesgo de inflamación crónica y enfermedades metabólicas. La evidencia científica observa asociaciones entre estos fenómenos y la obesidad, el síndrome metabólico, la diabetes tipo 2 y la esteatosis hepática metabólica.


En conclusión:

Cada alimento, cada microorganismo y cada sustancia que atraviesa la luz intestinal es detectada, evaluada y procesada por un sistema de defensa altamente especializado. La microbiota, la capa de moco y el tejido epitelial no actúan de manera aislada: funcionan como un equipo coordinado, en permanente comunicación con el sistema inmune, endocrino y nervioso.

Cuando estas tres líneas de defensa están íntegras, el intestino logra un delicado equilibrio entre tolerancia y protección: permite el ingreso de nutrientes esenciales y bloquea aquello que puede dañar al organismo. Pero cuando este sistema se altera —por disbiosis, inflamación, déficit de moco o aumento de la permeabilidad— lo que debería quedarse afuera puede atravesar la barrera y generar respuestas inflamatorias locales y sistémicas.

Entender al intestino como una barrera viva, activa y reguladora es clave para comprender por qué la salud digestiva impacta mucho más allá del aparato digestivo. En el intestino no todo vale, no todo pasa desapercibido y, definitivamente, lo que sucede ahí se siente en todo el cuerpo.

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